domingo, 14 de agosto de 2011

El comienzo de estas crónicas...

Llegué al bar a eso de las ocho de la noche, los amigos ya estaban ahí. Pedí como siempre vodka con jugo de naranja y encendí el primer cigarro del día. La conversación iba de un lado a otro dando tumbos entre las risas y silencios que de pronto nos empantaban, y que para disimular fingíamos escuchar la música que salía gangosa de la rockola.

Esa noche en el grupo había una integrante nueva, su nombre era Lulú. Había quedado justo frente a mí, así que pude tomar datos muy preciso y particulares sobre su físico. Pude observarla con detenimiento y consciencia. Debía medir 1.60 m y pesar no más de 45 kg, blanca y cabello largo, negro y lacio, senos medianos, firmes y redondos, linda la muchacha. Sus ojos brillaban y su boca era tan sensual que me provocaba grandes deseos por besarla. En uno de esos momentos que se levanto al baño, pude admirar su talle delgado, su cintura marcada y atrayente. Vestía una blusa azul de tirantes y un pantalon de mezclilla a la cadera. Se veía tan guapa que no tardé en buscar y encontrar un punto de apoyo en la conversación para acercármele. Empezamos a platicar un poco y advertí cierto coqueteo de su parte. Como si supiera acerca de mi fetiche por las axilas, ella levantaba sus brazos para acomodarse la liga con que sostenía su cabello. Eran tan sensuales sus movimientos que ya no sólo quería besarla, sino poseerla aquella misma noche, y de haber sido posible, en ese mismo instante.

Así pasaron algunas horas y el grupo fue disminuyendo y la plática mejorando. Al final sólo quedamos Lulú, Octavio y yo. Seguimos bebiendo un par de copas más hasta que Lulú y yo decidimos retirarnos, a lo que Octavio, completamente borracho se opuso. Finalmente lo convencimos de salir de aquel lugar y caminar un poco en la ciudad. Caminamos aquella noche calurosa de canícula por las calle de Juárez para llegar a Calzada. Caminamos luego por Calzada mirando los bares y las putas en la calle ofreciendo sus amores de aspirina. La noche parecía no terminar, como tampoco el calor disminuía. Imaginaba a Lulú sudando bajo su ropa, sus piernas, sus nalgas, su sexo humedecidos; sus senos debían de estar húmedos y sus pezones erectos por el clima caluroso. La imaginaba en mi cama, en mi sofá, en la mesa, en la casa desnuda caminando como Eva en el paraíso fugaz de Adán, nombrando las cosas y marcando el tiempo. Caminamos hasta que la noche se decidió a llover sobre una ciudad adormilada en su tradicionalismo utópico, en su moralismo hecho con papel de china, en su religiosidad sublimada por su atroz consumismo de todos los placeres carnales. La vida nocturna pareció de pronto detenerse, pero sólo en las calles, porque dentro de los bares el pecado brillaba con mayor intensidad, la lujuria se desbordaba hasta salpicarnos a todos. Pues nos habáimos guarecido del chubasco en un antro de mala muerte, como lo llamarían los mochos de la ciudad. El caso era que un par de mujeres, de entre treinta  y treinta y cinco años, se devoraban a besos mientras bailaban alguna canción que alguna vez cantara alguien en cualquier idioma sobre cualquier ciudad del mundo; pues había tanto murmullo, tantas voces al mismo tiempo siendo accionadas, que el sonido de la música se había convertido en un zumbido más, un ruído amorfo. Al verlas, y notar que Lulú se encontraba entre Octavio y yo, no pude evitar tener un pensamiento bastante excitante. Rocé la pierna de Lulú en el momento que le preguntaba si ella alguna vez había besado a otra mujer, para mi sorpresa, aunque no tanta porque ansiaba una respuesta afirmativa, dijo que sí. Eso había sucedido cuando estaba en la facultad y asistía a clases en el turno nocturno. Ahí fue donde conoció a Clara, una compañera mayor que ella, con quien vivió su primer romance lésbico. Fue todo lo que en ese momento me dijo.

La invité a bailar y a los pocos minutos Octavio se acercó y dijo:


- Ya dejó de llover.

Así que abandonamos el lugar. Pero la Fortuna aún me tenía preparado algo más, pues Lulú y yo tomamos el mismo taxi, ya que íbamos para el mismo rumbo. Después de despedirnos de Octavio, subimos al taxi que nos llevó a mi casa, pues era el itinerario, y luego llevaría a Lulú a la suya. Sin embargo, bajó conmigo y entró no sólo a mi casa, sino también a mi cama. Hicimos el amor el resto de la madrugada. Después de terminar dormimos hasta cerca del mediodía. La desperté y descubrió mi erección, a lo que sólo pudo decir:

- Nunca he mamado.
- Pues sería buen momento para empezar. Señalé sonriendo.


Acarició mi pene con suavidad hasta bajar a mis testículos. Luego, poniéndose en cuatro puntos, lo introdujo en su boca y no paró de succionar y lamer hasta que terminé completamente en su boca.


Después de meses y meses de salir, hacer el amor hasta el agotamiento físico y mental, de sudar como desesperados, decidimos dar el siguiente paso: abrirnos a la exploración de todos los matices del placer.

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