La noche había pasado sin sobresalto. El bar estaba en un ambiente muy relax, como si todos tuvieran pereza. La música era agradable, a buen volumen, lo que promovía la plática, incluso se lograban escuchar las demás voces. Así que pareció completamente normal que hubiera gente que comenzaba a salir. Y justo cuando Lulú y yo nos disponíamos a pagar, para irnos, entró Luis, un vecino de la colonia donde vivimos.
Tras los saludos de rigor lo invitamos a sentarse, enseguida los tres ordenamos tragos. La plática fue animada y caprichosa, hablamos de todo y nada, meras cosas triviales. Al final nos dijo que Mariana, su esposa, había salido de viaje por motivos de trabajo. Entonces, lo invitamos a nuestra casa para seguir bebiendo y platicando, ya que era lo que Lulú y yo pensábamos hacer cuando nos ibamos a retirar. La idea cayó bien a Luis. Fuimos a la casa.
Llegamos y Lulú nos preparó unos tragos. Nos quedamos un momento solos, Luis y yo. Comentó que Mariana tenía casi cuatro días de viaje. Hicimos las bromas circunstanciales. Y no tan en broma le dije que lo invitaba al after en nuestra recámara. Rió. Cambiamos de tema.
Lulú entró en la sala. Se había bañado y cambiado de ropa. Dijo con una sonrisa: me puse cómoda. Y sí que lo hizo. Se había puesto una blusa de tirantes y una falda-short. Se sentó en el mismo silló de Luis, así que quedamos en el siguiente orden: Luis, Lulú y yo. Ellos estaban sentados en un sillón de tres plazas, yo en uno de una.
Fuí al baño. Cuando regresé vi a Lulú y a Luis poniendo un disco. Hizo Luis una pregunta y respondí que no había problema si bailaba algo de salsa con Lulú. Ella no sabía bailar, así que le enseñaría algunos pasos. Bailaron una o dos canciones y se sentaron. Fuí por otros tragos y al regresar, de nuevo estaban poniendo un disco, pero más juntos. Luis, al verme, se apartó. Al sentarse, Lulú se sentó en flor de loto de frente a Luis, así el podía ver entre sus piernas. Noté que le gustó que Lulú lo hiciera de iniciativa propia. Volví a traer los tragos, pero esta vez lo hice intencionalmente. Al regresar noté que Lulú le practiba sexo oral. Él intentó disculparse y ponerse de pie, pero le dije que no había problema. Entonces me senté detrás de Lulú y comencé a acariciala.
Luego Lulú cambio a hacerme sexo oral. Luis en automático le quitó la falda-short. Rozó su pene contra la vagina de Lulú y luego etre sus nalgas, las abrió un poco y rozó su ano. Sentí a Lulú exitarse y apretó mi pene con su boca. Las manos de Luis acariciaron sus senos. Luego empezó a empujar su pene en la vagina. Sentía reflejada en la boca de Lulú cada empujón, porque se detenía y apretaba su boca. La imaginé completamente húmeda. Finalmente se decidió y la penetró. Después me dijo Lulú que la metió de un sólo empujón. De vez en vez Lulú apartaba su boca de mi pene y gemía libremente.
Luis se sentó y sentó a Lulú de espaladas a él y ella lo cabalgó un rato en esa posición. La vi cómo disfrutaba ser penetrada a sentones. Sus senos se movían rápidamente de arriba para abajo. Luego se inclinó y retomamos el sexo oral. Luis la levantó un poco más, y tras varios intentos la penetró analmente. Lulú explotó de exitación.
Lulú recibió las dos eyaculaciones simultáneamente en su ano y en su boca.
Crónicas de Pareja
Crónicas de nosotros como pareja, de nosotros como individuos. Crónicas de nuestro largo caminar por el deseo, la fantasía concretada, el placer de compartir y compartirnos. Crónicas de pareja lo acercará de manera íntima a nuestro placer en la intimidad.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
lunes, 16 de enero de 2012
martes, 4 de octubre de 2011
Una tanda larga...
Hace algunos días organizamos una fiesta en casa. Invitamos algunos amigos y algunas amigas. Todo sucedió con tranquilidad y sin novedad aparente. Todos bebíamos y fumábamos plácidamente.
No alargaré el comentario sobre la fiesta para no aburrir ni robarles el tiempo. Pero la verdad era que no había nada planeado de lo que sucedió cuando la mayoría se había ido. Sólo quedaron 3 amigos y una amiga además de Lulú y de mí, Alberto.
La amiga quedó dormida y los demás parecían aburridos hasta que Lulú tomó mi mano y la llevó a su entrepierna. Comprendí sus intenciones y la acaricié un buen rato hasta que estaba completamente húmeda. Los amigos jamás hubieran imaginado algo como aquello. Pues no eran de las personas a quienes incluíamos en nuestros juegos. Pues aquella era una fiesta "normal".
Los amigos se desembarazaron de su aburrimiento y no sabían cómo actuar, entonces Lulú eligió uno para que la penetrara y a otro para practicarle sexo oral. Ni tardos ni perezosos acudieron al llamado con sus miembros de fuera y firmes. Bombearon a Lulú frenéticamente tanto por la boca como por su vagina. Estaba muy exitada y más cuando la acomodaron para que el tercero la penetrara de manera anal. Los gritos de Lulú eran sofocados por el pene en su boca, al que devoraba sin dejarlo salir. Los tres se turnaron para bombearla por sus tres orificios; y ella completamente radiante de exitación aceptó el reto.
Llegó el momento en que nuestra invitada despertó por el ruído que se hacía. La llamé a mi lado y acudió y comenzó a practicarme sexo oral. Al ver a Lulú tan llena de placer y lujuria renventé dentro de la boca de la chica, quien llevó mi boca a su entrepiernas para que la devorara mientras apretaba sus senos entre sus manos.
Todo lo demás es de suponerse. Sólo contaré que la chica fue cubierta de semene por los tres chicos, cuando de igual forma fue penetrada por sus tres orificios. Para ese entonces yo tenía perfectamente empinada a Lulú sobre la mesa.
No alargaré el comentario sobre la fiesta para no aburrir ni robarles el tiempo. Pero la verdad era que no había nada planeado de lo que sucedió cuando la mayoría se había ido. Sólo quedaron 3 amigos y una amiga además de Lulú y de mí, Alberto.
La amiga quedó dormida y los demás parecían aburridos hasta que Lulú tomó mi mano y la llevó a su entrepierna. Comprendí sus intenciones y la acaricié un buen rato hasta que estaba completamente húmeda. Los amigos jamás hubieran imaginado algo como aquello. Pues no eran de las personas a quienes incluíamos en nuestros juegos. Pues aquella era una fiesta "normal".
Los amigos se desembarazaron de su aburrimiento y no sabían cómo actuar, entonces Lulú eligió uno para que la penetrara y a otro para practicarle sexo oral. Ni tardos ni perezosos acudieron al llamado con sus miembros de fuera y firmes. Bombearon a Lulú frenéticamente tanto por la boca como por su vagina. Estaba muy exitada y más cuando la acomodaron para que el tercero la penetrara de manera anal. Los gritos de Lulú eran sofocados por el pene en su boca, al que devoraba sin dejarlo salir. Los tres se turnaron para bombearla por sus tres orificios; y ella completamente radiante de exitación aceptó el reto.
Llegó el momento en que nuestra invitada despertó por el ruído que se hacía. La llamé a mi lado y acudió y comenzó a practicarme sexo oral. Al ver a Lulú tan llena de placer y lujuria renventé dentro de la boca de la chica, quien llevó mi boca a su entrepiernas para que la devorara mientras apretaba sus senos entre sus manos.
Todo lo demás es de suponerse. Sólo contaré que la chica fue cubierta de semene por los tres chicos, cuando de igual forma fue penetrada por sus tres orificios. Para ese entonces yo tenía perfectamente empinada a Lulú sobre la mesa.
Confesiones
Más de dos son multitud
jueves, 8 de septiembre de 2011
Clara
Lulú no era precisamente una jovencita cuando inició sus estudios universitarios, era una muchacha un poco mayor, aunque no mucho en realidad. Pero cuando conoció Clara tenía 26 años, y Clara tenía 34. Ambas habían tenido buena química desde el comienzo de ese semestre. Antriormente sólo se habían visto en los pasillos de la facultad de FACPYA, sin cruzar palabras ni nada. Cuando inició el semestre ambas descubrieron que llevaría tres materias juntas, ésto hizo que comenzaran una amistad no muy profunda. Conforme el semestre fue avanzando la amistad creció y profundizaron una en la otra, conociendo la vida de cada una, saliendo de vez en cuando a tomar algo, a bailar, a fiestas, se visitaban en sus casas, hacían tareas juntas, etcétera. No obstante haber tenido buena química desde el principio la amistad creció conforme avanzó el semestre. Así fue que de pronto Clara se quedaba en casa de Lulú y viceversa, pues ambas eran foráneas y podían tomarse más libertades de lo común. Platicaban de música, libros, exposiciones, conciertos, de todo; se les iban las horas hablando y hablando. De pronto descubrieron que siempre andaban juntas y compartían muchas actividades y gustos. Ninguna de las dos tenía novio desde hacía algún tiempo. Fue entonces cuando comenzaron las confidencias, ya que ambas sentían necesidad de estar con algun muchacho, pero no lo concretaban sin razón alguna. Y de ahí siguieron las bromas, luego los comentarios subidos de tono y toda clase de juegos al respecto.
Cierto día, cuando Lulú se estaba bañanado llegó Clara, que como tenía llave del departamento, entró sin problema alguno. Una vez dentro del departamento llamó a Lulú, quien desde el baño le respondio que pronto terminaría. Clara entró en la recámara y se sentó a esperar mientras leía una revista. Al poco rato Lulú entró envuelta en la toalla y se saludaron de beso. Clara sintió el vapor desprenderse del cuerpo de Lulú, vio la humedad e la piel y ésto la excitó. Después Lulú le confesaría que también ella sintió exictación en ese preciso momento. Pretextando fumar un cigarro, Clara salió de la pieza hacia la sala. Lulú se vistió y cuando terminó de arrglarse se unió a Clara. Ambas saldrían esa tarde a Galerías para comprar un regalo. Sin embargo, esa escapatoria no había servido de nada, pues Lulú se arregló de manera que Clara se sintiera atraída por ella, aún cuando suponía que Clara no la miraba de ninguna otra forma que no fuera amistad, y por su parte Clara, sintió una fuerte atracción por Lulú al verla salir de la habitación. Lulú se había puesto un pantalón a la cadera que dejaba muy bien que se notara la cintura, ligeramente suelto de las caderas y piernas, una blusa de tirantes, escotada, color naranja, que le llegaba al ombligo, mostrando completamente el vientre y su cintura tan sensual. Salió haciéndoce una cola de caballo y Clara notó su perfecta depilación de brazos y axilas. Luego advirtió el hipnótico escote que lucía Lulú y que hacía lucir sus menudos senos. Ninguna de las dos pensó, en aquél momento, que pudiera haber algo más que la amistad.
Pasaron la tarde comprando el regalo y aprovecharon estar en la plaza para ir a cenar. La conversación fluyó de manera natural y los comentarios en ningún momento fueron sexuales, sino la bromas de siempre. Sin embargo, cada una sentía deseos de poder tener aquella noche un acercamiento. Clara imagina a Lulú tendida en la cama, esperando, palpitante, a que la consumiera en besos y caricias. Y de igual forma Lulú se imaginaba siendo devorada por Clara. Ésta última, en verdad, no iba tan provocadora como Lulú, sin embargo, era una mujer atractiva, que además de eso, a Lulú le atraía cierto aire maduro de Clara. Platicaron de esto y aquello, como cualquier otro día. Caminaron un rato fuera del centro comercial, fumando, sintiendo el calor canicular de agosto. Cuando se sintieron cansadas tomaron un taxi y llegaron a casa de Lulú, que era más cerca que la de Clara. Ambas subieron al departamento y encendieron la televisión, sin en realidad verla. De pronto, con una sonrisa maliciosa preguntó Lulú:
- ¿Te quedas?
- Claro. Contestó Clara.
No pasó mucho tiempo cuando descuidadamente se tomaron de la mano, luego Clara atrajo a Lulú hacía su cuerpo. Ambas temblaron.Lulú recostó su cabeza sobre las piernas de Clara, ésta acarició suavemente el vientre de su joven amiga. Apagaron el televisor y se hundieron en una furia apasionada de recíproca pasión.
Cierto día, cuando Lulú se estaba bañanado llegó Clara, que como tenía llave del departamento, entró sin problema alguno. Una vez dentro del departamento llamó a Lulú, quien desde el baño le respondio que pronto terminaría. Clara entró en la recámara y se sentó a esperar mientras leía una revista. Al poco rato Lulú entró envuelta en la toalla y se saludaron de beso. Clara sintió el vapor desprenderse del cuerpo de Lulú, vio la humedad e la piel y ésto la excitó. Después Lulú le confesaría que también ella sintió exictación en ese preciso momento. Pretextando fumar un cigarro, Clara salió de la pieza hacia la sala. Lulú se vistió y cuando terminó de arrglarse se unió a Clara. Ambas saldrían esa tarde a Galerías para comprar un regalo. Sin embargo, esa escapatoria no había servido de nada, pues Lulú se arregló de manera que Clara se sintiera atraída por ella, aún cuando suponía que Clara no la miraba de ninguna otra forma que no fuera amistad, y por su parte Clara, sintió una fuerte atracción por Lulú al verla salir de la habitación. Lulú se había puesto un pantalón a la cadera que dejaba muy bien que se notara la cintura, ligeramente suelto de las caderas y piernas, una blusa de tirantes, escotada, color naranja, que le llegaba al ombligo, mostrando completamente el vientre y su cintura tan sensual. Salió haciéndoce una cola de caballo y Clara notó su perfecta depilación de brazos y axilas. Luego advirtió el hipnótico escote que lucía Lulú y que hacía lucir sus menudos senos. Ninguna de las dos pensó, en aquél momento, que pudiera haber algo más que la amistad.
Pasaron la tarde comprando el regalo y aprovecharon estar en la plaza para ir a cenar. La conversación fluyó de manera natural y los comentarios en ningún momento fueron sexuales, sino la bromas de siempre. Sin embargo, cada una sentía deseos de poder tener aquella noche un acercamiento. Clara imagina a Lulú tendida en la cama, esperando, palpitante, a que la consumiera en besos y caricias. Y de igual forma Lulú se imaginaba siendo devorada por Clara. Ésta última, en verdad, no iba tan provocadora como Lulú, sin embargo, era una mujer atractiva, que además de eso, a Lulú le atraía cierto aire maduro de Clara. Platicaron de esto y aquello, como cualquier otro día. Caminaron un rato fuera del centro comercial, fumando, sintiendo el calor canicular de agosto. Cuando se sintieron cansadas tomaron un taxi y llegaron a casa de Lulú, que era más cerca que la de Clara. Ambas subieron al departamento y encendieron la televisión, sin en realidad verla. De pronto, con una sonrisa maliciosa preguntó Lulú:
- ¿Te quedas?
- Claro. Contestó Clara.
No pasó mucho tiempo cuando descuidadamente se tomaron de la mano, luego Clara atrajo a Lulú hacía su cuerpo. Ambas temblaron.Lulú recostó su cabeza sobre las piernas de Clara, ésta acarició suavemente el vientre de su joven amiga. Apagaron el televisor y se hundieron en una furia apasionada de recíproca pasión.
domingo, 14 de agosto de 2011
El comienzo de estas crónicas...
Llegué al bar a eso de las ocho de la noche, los amigos ya estaban ahí. Pedí como siempre vodka con jugo de naranja y encendí el primer cigarro del día. La conversación iba de un lado a otro dando tumbos entre las risas y silencios que de pronto nos empantaban, y que para disimular fingíamos escuchar la música que salía gangosa de la rockola.
Esa noche en el grupo había una integrante nueva, su nombre era Lulú. Había quedado justo frente a mí, así que pude tomar datos muy preciso y particulares sobre su físico. Pude observarla con detenimiento y consciencia. Debía medir 1.60 m y pesar no más de 45 kg, blanca y cabello largo, negro y lacio, senos medianos, firmes y redondos, linda la muchacha. Sus ojos brillaban y su boca era tan sensual que me provocaba grandes deseos por besarla. En uno de esos momentos que se levanto al baño, pude admirar su talle delgado, su cintura marcada y atrayente. Vestía una blusa azul de tirantes y un pantalon de mezclilla a la cadera. Se veía tan guapa que no tardé en buscar y encontrar un punto de apoyo en la conversación para acercármele. Empezamos a platicar un poco y advertí cierto coqueteo de su parte. Como si supiera acerca de mi fetiche por las axilas, ella levantaba sus brazos para acomodarse la liga con que sostenía su cabello. Eran tan sensuales sus movimientos que ya no sólo quería besarla, sino poseerla aquella misma noche, y de haber sido posible, en ese mismo instante.
Así pasaron algunas horas y el grupo fue disminuyendo y la plática mejorando. Al final sólo quedamos Lulú, Octavio y yo. Seguimos bebiendo un par de copas más hasta que Lulú y yo decidimos retirarnos, a lo que Octavio, completamente borracho se opuso. Finalmente lo convencimos de salir de aquel lugar y caminar un poco en la ciudad. Caminamos aquella noche calurosa de canícula por las calle de Juárez para llegar a Calzada. Caminamos luego por Calzada mirando los bares y las putas en la calle ofreciendo sus amores de aspirina. La noche parecía no terminar, como tampoco el calor disminuía. Imaginaba a Lulú sudando bajo su ropa, sus piernas, sus nalgas, su sexo humedecidos; sus senos debían de estar húmedos y sus pezones erectos por el clima caluroso. La imaginaba en mi cama, en mi sofá, en la mesa, en la casa desnuda caminando como Eva en el paraíso fugaz de Adán, nombrando las cosas y marcando el tiempo. Caminamos hasta que la noche se decidió a llover sobre una ciudad adormilada en su tradicionalismo utópico, en su moralismo hecho con papel de china, en su religiosidad sublimada por su atroz consumismo de todos los placeres carnales. La vida nocturna pareció de pronto detenerse, pero sólo en las calles, porque dentro de los bares el pecado brillaba con mayor intensidad, la lujuria se desbordaba hasta salpicarnos a todos. Pues nos habáimos guarecido del chubasco en un antro de mala muerte, como lo llamarían los mochos de la ciudad. El caso era que un par de mujeres, de entre treinta y treinta y cinco años, se devoraban a besos mientras bailaban alguna canción que alguna vez cantara alguien en cualquier idioma sobre cualquier ciudad del mundo; pues había tanto murmullo, tantas voces al mismo tiempo siendo accionadas, que el sonido de la música se había convertido en un zumbido más, un ruído amorfo. Al verlas, y notar que Lulú se encontraba entre Octavio y yo, no pude evitar tener un pensamiento bastante excitante. Rocé la pierna de Lulú en el momento que le preguntaba si ella alguna vez había besado a otra mujer, para mi sorpresa, aunque no tanta porque ansiaba una respuesta afirmativa, dijo que sí. Eso había sucedido cuando estaba en la facultad y asistía a clases en el turno nocturno. Ahí fue donde conoció a Clara, una compañera mayor que ella, con quien vivió su primer romance lésbico. Fue todo lo que en ese momento me dijo.
La invité a bailar y a los pocos minutos Octavio se acercó y dijo:
- Ya dejó de llover.
Así que abandonamos el lugar. Pero la Fortuna aún me tenía preparado algo más, pues Lulú y yo tomamos el mismo taxi, ya que íbamos para el mismo rumbo. Después de despedirnos de Octavio, subimos al taxi que nos llevó a mi casa, pues era el itinerario, y luego llevaría a Lulú a la suya. Sin embargo, bajó conmigo y entró no sólo a mi casa, sino también a mi cama. Hicimos el amor el resto de la madrugada. Después de terminar dormimos hasta cerca del mediodía. La desperté y descubrió mi erección, a lo que sólo pudo decir:
- Nunca he mamado.
- Pues sería buen momento para empezar. Señalé sonriendo.
Acarició mi pene con suavidad hasta bajar a mis testículos. Luego, poniéndose en cuatro puntos, lo introdujo en su boca y no paró de succionar y lamer hasta que terminé completamente en su boca.
Después de meses y meses de salir, hacer el amor hasta el agotamiento físico y mental, de sudar como desesperados, decidimos dar el siguiente paso: abrirnos a la exploración de todos los matices del placer.
Esa noche en el grupo había una integrante nueva, su nombre era Lulú. Había quedado justo frente a mí, así que pude tomar datos muy preciso y particulares sobre su físico. Pude observarla con detenimiento y consciencia. Debía medir 1.60 m y pesar no más de 45 kg, blanca y cabello largo, negro y lacio, senos medianos, firmes y redondos, linda la muchacha. Sus ojos brillaban y su boca era tan sensual que me provocaba grandes deseos por besarla. En uno de esos momentos que se levanto al baño, pude admirar su talle delgado, su cintura marcada y atrayente. Vestía una blusa azul de tirantes y un pantalon de mezclilla a la cadera. Se veía tan guapa que no tardé en buscar y encontrar un punto de apoyo en la conversación para acercármele. Empezamos a platicar un poco y advertí cierto coqueteo de su parte. Como si supiera acerca de mi fetiche por las axilas, ella levantaba sus brazos para acomodarse la liga con que sostenía su cabello. Eran tan sensuales sus movimientos que ya no sólo quería besarla, sino poseerla aquella misma noche, y de haber sido posible, en ese mismo instante.
Así pasaron algunas horas y el grupo fue disminuyendo y la plática mejorando. Al final sólo quedamos Lulú, Octavio y yo. Seguimos bebiendo un par de copas más hasta que Lulú y yo decidimos retirarnos, a lo que Octavio, completamente borracho se opuso. Finalmente lo convencimos de salir de aquel lugar y caminar un poco en la ciudad. Caminamos aquella noche calurosa de canícula por las calle de Juárez para llegar a Calzada. Caminamos luego por Calzada mirando los bares y las putas en la calle ofreciendo sus amores de aspirina. La noche parecía no terminar, como tampoco el calor disminuía. Imaginaba a Lulú sudando bajo su ropa, sus piernas, sus nalgas, su sexo humedecidos; sus senos debían de estar húmedos y sus pezones erectos por el clima caluroso. La imaginaba en mi cama, en mi sofá, en la mesa, en la casa desnuda caminando como Eva en el paraíso fugaz de Adán, nombrando las cosas y marcando el tiempo. Caminamos hasta que la noche se decidió a llover sobre una ciudad adormilada en su tradicionalismo utópico, en su moralismo hecho con papel de china, en su religiosidad sublimada por su atroz consumismo de todos los placeres carnales. La vida nocturna pareció de pronto detenerse, pero sólo en las calles, porque dentro de los bares el pecado brillaba con mayor intensidad, la lujuria se desbordaba hasta salpicarnos a todos. Pues nos habáimos guarecido del chubasco en un antro de mala muerte, como lo llamarían los mochos de la ciudad. El caso era que un par de mujeres, de entre treinta y treinta y cinco años, se devoraban a besos mientras bailaban alguna canción que alguna vez cantara alguien en cualquier idioma sobre cualquier ciudad del mundo; pues había tanto murmullo, tantas voces al mismo tiempo siendo accionadas, que el sonido de la música se había convertido en un zumbido más, un ruído amorfo. Al verlas, y notar que Lulú se encontraba entre Octavio y yo, no pude evitar tener un pensamiento bastante excitante. Rocé la pierna de Lulú en el momento que le preguntaba si ella alguna vez había besado a otra mujer, para mi sorpresa, aunque no tanta porque ansiaba una respuesta afirmativa, dijo que sí. Eso había sucedido cuando estaba en la facultad y asistía a clases en el turno nocturno. Ahí fue donde conoció a Clara, una compañera mayor que ella, con quien vivió su primer romance lésbico. Fue todo lo que en ese momento me dijo.
La invité a bailar y a los pocos minutos Octavio se acercó y dijo:
- Ya dejó de llover.
Así que abandonamos el lugar. Pero la Fortuna aún me tenía preparado algo más, pues Lulú y yo tomamos el mismo taxi, ya que íbamos para el mismo rumbo. Después de despedirnos de Octavio, subimos al taxi que nos llevó a mi casa, pues era el itinerario, y luego llevaría a Lulú a la suya. Sin embargo, bajó conmigo y entró no sólo a mi casa, sino también a mi cama. Hicimos el amor el resto de la madrugada. Después de terminar dormimos hasta cerca del mediodía. La desperté y descubrió mi erección, a lo que sólo pudo decir:
- Nunca he mamado.
- Pues sería buen momento para empezar. Señalé sonriendo.
Acarició mi pene con suavidad hasta bajar a mis testículos. Luego, poniéndose en cuatro puntos, lo introdujo en su boca y no paró de succionar y lamer hasta que terminé completamente en su boca.
Después de meses y meses de salir, hacer el amor hasta el agotamiento físico y mental, de sudar como desesperados, decidimos dar el siguiente paso: abrirnos a la exploración de todos los matices del placer.
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